AMARRADOS

Llueve a cántaros. La ventana de mi habitación (que está tan empañada como mis ganas) dejó de mostrarme aquella postal de un parque lleno de flores y árboles, para transformarse –en cuestión de segundos- en el reflejo más patético de una película de suspenso. O de terror. El agua, los truenos y los relámpagos, amenazan mi vida, mi viaje y mi futuro. Todo es oscuridad allá afuera. No quiero mirar ni mirarme, pero miro. Intento mirar con inocencia, pero no puedo. Tengo el alma negra.

Llueve a cántaros. La ventana de mi habitación (que está tan empañada como mis ganas) dejó de mostrarme aquella postal de un parque lleno de flores y árboles, para transformarse –en cuestión de segundos- en el reflejo más patético de una película de suspenso. O de terror.  El agua, los truenos y los relámpagos,  amenazan mi vida, mi viaje y mi futuro.  Todo es oscuridad allá afuera. No quiero mirar ni mirarme, pero miro. Intento mirar con inocencia, pero no puedo. Tengo el alma negra. Tan opaca como ése cielo inmundo que me cubre lleno de magia y de peligro. Así me siento. Llena de oscuridad, de nostalgia, de sueños y de recuerdos que ya no me sirven para nada. Estoy rota y con la dignidad deshilachada. Necesito rearmarme. Parirme de nuevo y seguir. Coserme el corazón y dejar de desangrarme inútilmente por alguien que, a pesar de mis ilusiones más patéticas, jamás se atreverá a salvarme.
Tengo que quedarme sin orígenes. Animarme a descubrir quién soy… sin la necesidad de estar bajo la lupa de su mirada. O bajo el reflejo del fuego de su cuerpo, que siempre me quema y me abriga con la misma fuerza. Lo amo. Lo amo con locura, pero sé que él ya no. Por eso sé que tengo que alejarme. Porque si me quedo sé que estoy dispuesta a quedarme con él y con su desamor. Y eso sería tremendo para los dos. No puedo quedarme ni un solo día más sentada en la esquina de aquél pasado que ya no existe.

Son las 8 de la mañana, y a las 10 de la noche sale mi vuelo. Elvira, la mujer que me ayuda desde hace años a organizar mi caos y mi vida, me mira con desconfianza. Mientras me trae la cuarta taza de té, sus ojos me traspasan el alma como una daga. Sé que piensa que no voy viajar. Que no voy a animarme a subir a ese avión, y que todo esto es sólo un pésimo acting que encarno (de la manera más dolorosa) con la única intención de engañar a mi tan vapuleada valentía. Y tiene razón. Porque no soy valiente. Lo único que estoy haciendo es intentar sobrevivir a aquél amor que se quedó con lo mejor y lo peor de mí.
Quiero olvidarme de él; necesito olvidarme de él, y sé que si me quedo siempre en el mismo lugar nunca voy a lograrlo. Y el mismo lugar, también es esta casa. Porque siento su cuerpo en cada rincón, como si en algún momento volviera a aparecer para besarme la espalda y acariciarme la frente, como siempre. O como lo hacía cuando me amaba. Hasta puedo sentir su olor en mi piel. Si quiero, puedo sentirlo; lo juro. Porque su olor me persigue, su olor se quedó enquistado en cada uno de mis poros emborrachando mi sangre para siempre. Mis piernas se quiebran como si fuesen dos hilos. Su recuerdo me sacude y me empuja al peor de los abismos. Me caigo al piso y me tiembla el alma. Él ya no me sostiene.

-Luciana Prodan.

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