Ni una menos: Un dolor crónico

Crónica de otra jornada histórica en la que una multitud –mujeres, hombres, familias enteras- salieron a la calle a reclamar por el fin de la violencia machista y los femicidios.

La solidaridad y el desamparo las acompañaron toda la tarde. La fuerza y la lucha de miles mujeres dijeron presente una vez más. Al grito de “Se va a acabar esa costumbre de matar”, siguen esperando ser escuchadas. Pidiendo por favor que nos las maten. Que no nos maten. Marchando y peleando (todavía hoy, y después de todas aquellas batallas falsamente ganadas) por el derecho más básico y fundamental: el derecho a la vida.

Viernes 3 de junio. El reloj marca las 17. Las calles están colapsadas y el aire del centro de Buenos Aires se vuelve frío y denso. Huele a dolor. A injusticia y esperanza. A verdad.

A lo lejos, puedo observar que el Obelisco está rodeado de gente. Falta mucho todavía para llegar a Plaza de Mayo, pero el tránsito y los que caminan -mujeres, hombres, familias- invaden cada una de las calles que me rodean. Avanzo unas cuadras. Dejo el auto y comienzo yo también a caminar.

Los gritos, la música y el bullicio se sienten cada vez más cerca. La voz de todas esas mujeres retumba en mi alma con una fuerza arrolladora. El deseo de justicia vuelve a hacerse carne. Hace frío. Mucho frío. Pero no lo siento.

La plaza del Congreso está teñida de fotos de mujeres asesinadas. Un hombre de aproximadamente 35 años lleva un cartel que dice “No se mata por amor”. Sobre la vereda, una artista con la boca encintada, comienza a pintar algo que terminará siendo la cara de una mujer que grita todo eso que le quieren hacer callar. Al lado mío, una chica de diez años (aferrada a la mano de su madre) lleva una cartulina blanca en la que dibujó un símbolo de paz de color rosa y lleno de flores. Nada más. Y nada menos.

A unos metros, podían verse, pegados, cientos de carteles con manos rojas, simbolizando la sangre de todas las mujeres asesinadas. Cada una llevaba el nombre y la edad de algunas víctimas. Hay muchas más. Muy cerca de ahí, paradas, entre la calle y la vereda, casi inmóviles, me cruzo con tres mujeres agarradas de la mano y con la mirada perdida. Me acerqué. Me miraron, tímidas. Vi que en sus manos llevaban la foto de una niña que no podía tener más de 15 años. No hizo falta pensar demasiado para darme cuenta cuál había sido su final. Les dije si podía hacerles unas preguntas. “Sí, claro”, me contestaron. Saqué mi grabador, y cuando estaba por encenderlo, una de ellas me agarró fuerte del brazo, me miró fijo a los ojos y me dijo (me rogó): “Por favor, necesitamos que nos ayudes. No solamente por Alejandra. Ella está muerta y queremos justicia, porque ese animal la mató. Pero también necesito justicia por mi hermana, la mamá de Alejandra. Ella es discapacitada, no sabe hablar, y por eso también la maltratan. Y por ser pobres. Por ser pobres somos dos veces víctimas. Ni abogados tenemos”, me dijo. Y comenzó a llorar.

Viviana Beatriz Asario es la tía de Alejandra Torres. Una chica de 16 años que, después de resistirse a ser violada, fue desfigurada, asesinada y tirada en un descampado por el remisero que la llevaba a la casa de una amiga para festejar su cumpleaños, en el partido de Florencia Varela, provincia de Buenos Aires.

La muerte se levanta de las tumbas y exige justicia. La vida pide a gritos que le dejen de pegar. El llanto, el desconsuelo y la esperanza de una multitud se fusionan esperando lo que no llega. #NiUnaMenos.

texto. Luciana Prodan. foto. AXEL INDIK.

 

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