El alma que nunca se calla

Clarice se adueña de nosotros. No nos pide permiso y nos arrastra. Nos agarra del alma con ese anzuelo con el que ella misma decía atrapar a la “no-palabra” y no nos deja escapar. Nos interpela. Nos incomoda. Nos acuna y nos calma. Nos vuelve a sacudir. Nos enmaraña y nos desenreda a su antojo.
Nos obliga a preguntarnos cosas. O mejor dicho, a preguntarnos: ¿qué es la cosa en sí?. Porque lejos (pero siempre muy cerca de cualquier concepto Kantiano), “la cosa”, para Clarice, a veces podía ser un reloj, una cucaracha, un libro o la vida misma. Porque para ella, la vida era una gran incógnita y no podía dejar de ser cuestionada. No debía dejar de ser cuestionada.
Y esa incógnita la obsesionaba, la obligaba a ir siempre más allá de la realidad, a cuestionar los modos y los contornos, a replantearse “las formas”, a preguntarse, por ejemplo: “Si recibo un regalo dado con cariño por una persona que no me gusta, ¿Cómo se llama lo que siento?”.
Y esa era su magia y su condena. La misma magia que hacía que Clarice no pudiera elegir entre escribir o no hacerlo, y la misma condena que, aunque por momentos la matara, siempre terminaba dándole otra oportunidad. “Escribir es una maldición que salva”, decía. Y tenía razón.
Porque gracias a esa sentencia o revelación que llegó a sentir es que logró sobrevivir a un destino que, a pesar de no ser demasiado benévolo con ella, terminó siendo el responsable de transformarla en esa escritora “mitad maga-mitad bruja” (pero siempre tan mujer), que logró romper con las estructuras más académicas y conservadoras del mundo de las letras.
Bella, tímida, introvertida e irreverente, Clarice no perseguía el prestigio o el reconocimiento. Porque eso no la hacía sentirse importante, más bien la incomodaba y la obligaba a fingir. Y fingir, entre otras cosas, era algo imperdonable para ella. Imperdonable e imposible.
“Yo no soy un intelectual. Yo escribo con el cuerpo”, contestaba cada vez que alguien intentaba intimidarla. Y esa fue la mejor manera que encontró para defenderse de las inseguridades propias y ajenas. Para poder seguir su camino y escribir en paz y sin condicionamientos. Para sentirse libre dentro del mundo que ella misma se había fabricado, y de donde salieron sus mejores cuentos, relatos, poemas, crónicas y novelas.
En Un soplo de vida, uno de los libros que escribió poco antes de morir, y que contó con la participación de Olga Borelli, su confidente y amiga, Clarice escribió: “Esto no es una lamentación, es el grito de un ave de rapiña. Irisada e inquieta. Un beso en la cara muerta. Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida. Vivir es una especie de locura que la muerte comete. Porque en ellos vivimos, vivan los muertos”. Y más que un deseo, parece una premonición, porque Clarice se fue hace 39 años, pero está viva en cada una de sus libros. En los mismos libros que al leerlos, nos invitan a resucitar. A salvarnos de nosotros mismos. Y si no me creen, hagan la prueba.

También aparece en la nota el cuadro/retrato que pintó Francisco Prodan, mi primo hermano, que también ilustra mis palabras, y eso me llena de emoción.

Luciana Prodan –  (Revista PARA TI, columna sobre Clarice Lispector – enero 2017)

 

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